- República Argentina
El Reclamo de los Palestinos
Agustina Salas

Ensayo 010/2011
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La ciudad de Nueva York amaneció más inquieta que de costumbre el pasado 13 de septiembre. La apertura del 66º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU lo ameritaba.

Lo interesante es que esa inquietud no se restringió a los límites de dicha urbe, sino que se instaló en las cúpulas gubernamentales de cada uno de los Estados que son miembros de aquella organización universal. El motivo de tan electrizante preocupación se encontraba en un anuncio hecho en el mes de marzo de 2011: el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, había comunicado sin más retrasos que en la próxima reunión anual del órgano plenario solicitaría la incorporación de Palestina como un miembro de pleno derecho ante la famosa Asamblea.

La que intentaba ser la jugada diplomática de la Autoridad Palestina fue elucubrada en un contexto en que las negociaciones con el Primer Ministro Israelí, Benjamin Netanyahu, estaban estancadas. Dicho comunicado preocupó ciertamente al gobierno Israelí,  ya que fijaba los legítimos anhelos de Palestina de retornar  a las fronteras anteriores a 1967 y de restablecer a Jerusalén Oriental como Capital del gobierno árabe. Sin embargo, Israel se mantuvo  firme en su postura e hizo oídos sordos a la jugada de Abbas. No deseaba ceder: nada de poner freno a la construcción de nuevos asentamientos judíos en territorio palestino y mucho menos de retirar a los viejos. Nada de considerar el retorno de innumerables palestinos que hoy son refugiados en tierras ajenas. Nada de volver a las conversaciones para buscar la posibilidad factible de un Estado palestino autónomo y soberano. Nada de nada.

Transcurrieron siete meses en los que funcionarios de distintas partes del mundo sumaron su voz a la opinión pública mundial. Algunos manifestaron su apoyo, mientras que otros  calificaron la medida de inapropiada o contraproducente. Pero todos sabían que la hora de la verdad llegaría en septiembre.

La idea de sesiones que prometían tener en primer plano la situación casi imposible de resolver en Medio Oriente, no entusiasmó mucho a los delegados que aquella mañana de fines del verano empezaron su día sabiendo que les esperaban semanas de arduo trabajo en el edificio rectangular de Nueva York.

Fue precisamente en los días en que se palpitaba la apertura de sesiones de la Asamblea General, cuando tuve la oportunidad de escuchar la siguiente aseveración: “el reclamo por un estado independiente no es un reclamo de avanzada”.

Haciendo la salvedad de que Abbas no proclamaría la independencia de un Estado palestino -aunque su medida apunta, a las claras, a conseguirla  en otro momento-, no pude dejar de relacionar dicha reflexión con la realidad que estaba a punto de debatirse en la sede de la ONU. Lo cierto es que tal pensamiento me generó desconcierto e intenté pensar más detenidamente en ello.

Cabe destacar que la persona que emitió esta idea es una persona formada en Relaciones Internacionales, por lo que su comentario no fue hecho ingenuamente, sino desde fundamentos claros. Por ello creo importante no sacar estas palabras de su contexto: los estudios internacionales conforman una disciplina que de manera progresiva  ha dejado de lado su tradicional concepción estado-centrista -enfocada en las relaciones entre países, vistos como unidades homogéneas y con intereses bien definidos-, para poner el acento en lo transnacional, esto es, lo que trasciende las fronteras soberanas de los Estados y se manifiesta en su orden interno, conectando idiosincrasias, políticas y economías de todo el mundo.

Las palabras de esta mujer trasmitieron un mensaje claro: la importancia del Estado como tal, como entidad con existencia autónoma e independiente de los demás Estados, ha pasado a un segundo plano. Hoy, los tópicos más significativos en las Relaciones Internacionales abarcan otros fenómenos novedosos como lo son las finanzas internacionales o el terrorismo. En este sentido la profesora justificó sus palabras, y nadie puede negar que así sea, pero tal vez se trate de una mirada acotada de lo que sucede.

En este sentido, sería pertinente preguntarnos cuál es el origen de muchos de los conflictos interestatales que proliferaron desde el fin de la Guerra Fría y que aún nos desafían en el siglo XXI.

Personalmente, considero que las causas de dichos conflictos deben vincularse con las asperezas entre colectividades con identidades, credos y tradiciones diversas que conviven dentro de los mismos límites políticos. Esto nos hace pensar que se trata de comunidades que, por algún motivo, han quedado instaladas en el seno de un Estado que intenta homogeneizar el todo que se encuentra fragmentado en su interior.

Entonces, aunque la visión estatocéntrica haya quedado obsoleta para explicar el cambiante y complejo mundo actual, si seguimos esta lógica, volvemos nuevamente sobre el papel fundamental del Estado y su rol como aglutinador de identidades. De forma tal que no podemos dejar de lado aquello que originalmente conformó el orden internacional que tenemos hoy.

Lo que concretamente deseo plantear es un disentimiento con esta profesora: decir que “el reclamo por un Estado independiente no es un reclamo de avanzada” es casi como quitarle validez y legitimidad a los principios ius cogens  y comúnmente aceptados por los Estados en la Carta de Naciones Unidas.  Además desconoce el principio de libre determinación de los pueblos, que es su derecho a decidir libremente su condición política, sus propias formas de gobierno, su desarrollo económico social y cultural y estructurar libremente sus instituciones, sin intervenciones externas. Se le quita legitimidad porque, para ser sinceros, a nadie le importa aquello que no se pone a la altura de los tiempos. Lo que no está a la vanguardia, no suscita interés.

No es un detalle a pasar por alto el restar importancia a un principio que no sólo constituye una de las piedras angulares del Derecho Internacional Público, sino que también aparece explícitamente promovido por la Carta de las Naciones Unidas.

Tal vez decir que promover la independencia de un Estado no es un reclamo de avanzada sea certero desde un criterio meramente histórico, debido a que se trata de una demanda que se extendió de manera generalizada a mediados del siglo pasado y que contó con amplios apoyos de movimientos legítimos de emancipación en los antiguos y extintos territorios coloniales. Pero no es cierto que haya perdido su importancia y validez. Más  aún cuando en el día de hoy persisten territorios en proceso de descolonización.

Pareciera que calificar a un derecho de “no avanzado” equivaldría a decir que cayó en desuso y que, por esta misma razón, queda “fuera de lugar” permitirse reclamar la integridad territorial, igualdad soberana y las independencias política y económica.

Hoy, una gran cantidad de conflictos tiene su origen en una disputa por un territorio o por recursos escasos que se encuentran ubicados en lugares estratégicos. Las contiendas que llevan más años sin resolverse son aquellas que se generan precisamente porque ciertas comunidades no han logrado constituirse como un territorio soberano e independiente.

Coincido con esta profesora en cierto punto: la “carcasa”, la figura misma del reclamo por un estado independiente sí pertenece a otros tiempos, porque fue gestado en épocas pasadas y en un contexto socio histórico diferente. Pero el contenido, lo que implica ser un Estado independiente en la actualidad, se ha ido adaptando a los tiempos. Hoy, ser un Estado con todos sus atributos tal vez pase más por el lado del respeto por los derechos humanos de las minorías, y no tanto por la efervescencia de los nacionalismos fundamentalistas, como en el pasado.

Que el Estado como un fin en sí mismo -considerado desde los parámetros de los viejos teóricos realistas-, haya perdido importancia relativa en el contexto histórico y político actual, no nos habilita a decir que en nuestros tiempos carece de validez el reclamo por la construcción de “nuevos Estados”.

Si hacemos memoria, desde hace más de medio siglo que los palestinos vienen reclamando su independencia respecto de Israel y siguen haciéndolo al día de hoy, con tanta legitimidad,  vigencia y fuerza como en la centuria pasada.

Pensar que la añoranza de un pueblo tan emblemático como el palestino está fuera de lugar simplemente porque la oleada de procesos emancipatorios ocurrió en el siglo ya transitado, es ser ciertamente muy injusto. Ésa es una visión muy limitada, que seguramente no colaborará con la tarea de llevar a buen puerto la situación Palestina, que viene navegando sin rumbo desde la Segunda Guerra Mundial.

Más allá de las distintas posturas que se puedan tomar respecto de un reclamo  retrógrado, lo cierto es que el 23 de septiembre Abbas presentó su petición ante el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon. El 11 de noviembre, el asunto fue transferido a las manos decisorias del Consejo de Seguridad -tal como lo estipula el reglamento de la Organización-. Las consultas están llevándose a cabo al momento de escribir este artículo, pero el voto de cada uno de los 15 miembros que actualmente componen el Consejo de Seguridad ya puede atisbarse, según lo trascendido: el reclamo palestino contaría con el apoyo de Rusia, China, Brasil, India, Líbano, Sudáfrica, Gabón y Nigeria; se inclinan por la abstención Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal y Colombia; Estados Unidos ya anunció desde el comienzo que, de ser necesario, utilizará su derecho a veto para impedir la aceptación de Palestina dentro de Naciones Unidas en calidad de miembro pleno; y respecto de la toma de posición de Bosnia y Herzegovina, no se tiene conocimiento.

En otras palabras, los palestinos ya tienen la tajante y definitiva negativa de los Estados Unidos de América, además de algunas oposiciones entre las que se encuentra la de Israel. Sin embargo, también cuentan con un gran apoyo en la Comunidad Internacional, como lo refleja la incorporación del Estado de Palestina a la UNESCO .

El derecho de veto inapelable que posee Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, no obstante, no ha llevado a los palestinos a renunciar a un sueño tan anhelado que es el de alcanzar su libertad como pueblo. No sólo libertad, sino la capacidad para poder tomar su destino en sus propias manos y decidir de la manera que mejor les parezca cómo quieren conducir a su numerosa -aunque dispersa- nación.

Esta actitud implica -ni más, ni menos-, dar viabilidad a un derecho tan fundamental y tradicional como lo es el de la libre determinación de los pueblos, y reclamar por el cumplimiento de los principios ius cogens estipulados en la Carta de las Naciones Unidas. Al día de hoy, aunque tales principios hayan sido acuñados en tiempos remotos, nadie cuestiona su validez simplemente porque “han pasado de moda”. A mi entender, los palestinos -y muchos otros pueblos diseminados por el mundo-, tienen tantos motivos reales para promover su independencia como en el pasado, más allá de la evolución de las Relaciones Internacionales como disciplina científica.

 

La autora es Licenciada en Relaciones Internacionales (UCC).